Efectivamente, tendré que ir haciendo pruebas. Otra vez el cuento, primera parte
3 de junio de 1997 por Esoames Le debo a la atinada opinión del Sr. M.A. Alonso, quizás, la mejor definición del cuento ENOCH SOAMES de Max Beerbohm que me haya sido comunicada. El entramado laberíntico -rayando la esquizofrenia- tengo que reconocer, no sin cierto sonrojo, me fue desvelado a lo largo de dos o tres exhaustivos años de sucesivas lecturas, como fruto de una discusión definitiva al respecto con mi mujer. El relato en sí, desarrollado en treinta interminables páginas, -“en principio es uno de los cuentos más aburridos que se puedan leer”- no adolece precisamente de falta de datos históricos precisos así como de una brillante descripción de la época, por otra parte muy atinada. Todo comenzó, no lo olvidemos, con la caída del meteoro Will Rothenstein, a finales del pasado siglo (verano de 1893), precisamente en Oxford, con motivo de ejecutar veinticuatro retratos en litografía , que publicaría la Bodley Head. La conmoción que produjo el acontecimiento es descrita por M.B. con toda profusión de detalles. Efectivamente conocía a Whistler, había tratado en París a Edmon de Goncourt y él mismo fue quien le presentó a Aubrey Beardsley. También se sabe que mantenía una buena amistad con Charles Conder y el mismísimo Toulouse Lautrec. Esto sólo era la punta del iceberg, el iceberg mismo no era otro que Enoch Soames. En un atardecer de octubre del mismo año, en el Café Royal, se produjo el encuentro, o tal vez deberíamos decir el incidente. No sería desatinado, ni siquiera exagerado declarar que la imprecisión fue el sentimiento más fuerte que logró suscitar nuestro personaje. Realmente era cierto que hasta el mismo Rothenstein se lo había topado en París en alguna ocasión en el Café Groche. Lo que nadie podía suponer es que este impreciso conocimiento se tornara con el tiempo en un acontecimiento habitual. Apenas instalado, una vez invitado a sentarse, no fue demasiado difícil deducir que Soames era un joven escritor que no impresionaba precisamente por la apariencia, aunque su aspecto era realmente extraño, y que su mayor mérito -si es que se puede decir así- era su afición por la sorciére glauque y... el fracaso. La advertencia de Rothenstein sobre su inequívoca voluntad de negarse a dibujarlo me debería haber puesto en la pista: “¿Dibujarlo? ¿A él? ¿Cómo se puede dibujar a un hombre que no existe?”. No tardé demasiado en saber que ya había publicado un libro, Negaciones, cuyo principal mérito, entre otros, según nos fue dado colegir, era “la explicación de que no hay diferencia entre buena y mala sintaxis” así como que “Dans ce monde il n’y a ni de bien ni de mal”, “En el Arte existen el Bien y el Mal. Pero en la vida... no”. Debo confesar que compré el libro. No haberlo hecho, de un autor al que conocía personalmente, hubiera sido un imposible sacrificio. Si bien es verdad que en el libro había gran variedad de formas -muy cuidadas, por cierto-, la sustancia se escapaba un poco. Pero, ¿acaso no me había sucedido lo mismo al leer L’Aprés-midi d’un Faune, de Mallarmé, sin vislumbrar sentido alguno? ¿Había sustancia realmente en el libro de Soames? Y si Soames fuera un tonto... o la hipótesis rival: si el tonto fuera yo... No quedaba más remedio, de momento se imponía el beneficio de la duda. El siguiente encuentro con Soames se produjo también en el Café Royal, poco antes de la publicación de su segundo libro. Lo más notable que sucedió durante el mismo fue la participación que hizo de sus autores favoritos. Para él lo que escribía Shelley era de segundo orden; de Keats cabría reseñar ‘algunos pasajes’ y sólo Milton era apropiado para ser leído en la sala de lectura. Ni tan siquiera Baudelaire, Villon, Verlaine o Villiers de L’Isle Adam pasaron el reconocimiento, tal era la autonomía en materia literaria de nuestro hombre. De Fungoides se vendieron tres ejemplares y de las críticas que se hicieron en los diarios baste reseñar que se dividían en dos clases: las que decían muy poco y las que no decían nada. Era evidente -tenía que serlo por fuerza- que el reconocimiento, aparentemente, no le importaba demasiado a nuestro hombre; además estaba aquello de que ‘el acto mismo de crear es la recompensa del poeta’. Incluso un crítico tan relevante y fuera de toda duda como Harland, cuando le interrogué acerca de la obra de Soames, no lo recordó más que por su renta anual de En el otoño de 1896 publicó por su cuenta el tercer libro del que nadie dijo nada a favor ni en contra. Quizás tuve la intención de comprarlo, jamás lo vi y por qué no decirlo: ni siquiera recuerdo el título. Pero la proximidad de la fama estuvo a punto de tocarlo de una manera inesperada, con motivo de la exposición del New English Art Club, poco después, merced al retrato que finalmente Rothenstein hizo de Soames. Baste decir que el retrato ‘existía’ más que el modelo. Lo que sucedió más tarde, en la primera semana de junio de 1897, es bien conocido. (Continuará)



noesposible dijo
Para esoames: si lo dejo tal y como lo mandas, vuelve a quedar todo sin espacios así que lo he ampliado a doble espacio. No sé si habría que cambiar el tipo de letra para que se notara el espaciado inferior (1,5). Bueno, iremos probando.
29 Abril 2007 | 10:00 AM