De la página 274 de Literatura Británica 1890-1900 por T.K. Nupton, publicado por el Estado en 1992: por ejemplo, un escritor de la época, Max Beerbohm, que vivió hasta el siglo XX, excribió un cuento de un tipo ficticio llamado Enoch Soames, un poeta de tercera categoría que se creía un genio e hizo un pacto con el Diablo para saber qué pensaría de él la posteridad...

Lo único que alcancé a replicarle es que todo resultaba desconcertante y excesivamente confuso. Intente que me confirmara que aquella maldita página estaba bien copiada, que no se había equivocado y no dudé en colegir que era el miserable Nupton quien ha cometido -quien cometerá- ese gran error. Quise excusarme como pude asegurándole que yo no escribo cuentos, soy un ensayista, un observador, que jamás incurriría en la crueldad de... , al fin y al cabo el nombre Max Beerbohm es bastante común y puede haber varios Enoch Soames pululando en cualquier sitio; reconocí, en suma, que era una coincidencia extraordinaria.

Todo resultó inútil. Era evidente que Soames ya se había hecho a la idea de un final inevitable, aún cuando, a pesar de todo, fui capaz de decirle que si realmente yo estaba destinado a escribir el cuento era preferible un desenlace feliz: un final que puede evitarse no es inevitable.

La respuesta de Soames fue contundente, su acusación me pareció entonces intolerable: ‘usted no es un artista, ya que lejos de poder imaginar una cosa y darle semblanza de verdad, va a conseguir que una cosa verdadera parezca imaginaria’.

Intenté protestar, convencerlo de que si había un miserable chambón no era yo sino T.K. Nupton. Todo fue en vano, además el portador del inevitable final había hecho, por fin, acto de presencia. Quemé el último cartucho que le quedaba a Soames increpando al príncipe del mundo sobre la total inconveniencia del viaje de mi amigo ya que, evidentemente, no había sacado ningún provecho, por lo que deducíamos que nos encontrábamos ante una vulgar estafa, declarando unilateralmente el convenio anulado.

La respuesta del Diablo no se hizo esperar, señaló con el índice la puerta y miró directamente a Soames. Todavía recuerdo sus últimas palabras: ‘trate de que sepan que existí’.

Salí de inmediato a la calle; allí no había absolutamente nadie. En vano di vueltas y más vueltas por Soho Square -por donde no volví en años- con la esperanza inútil de lo que sabía imposible. Ciertamente, Soames había desaparecido para siempre. ¿Qué iba a suceder ahora? ¿Acaso nadie lo iba a echar de menos? Y por lo que respecta a mí ¿qué debía hacer? ¿Acaso ir a la policía y denunciar el hecho? Me tomarían por loco.

Todo resultó más sencillo de lo previsto. Yo no dije nada y el mundo ignoró absolutamente su desaparición. El olvido total fue la carta en la bocamanga que el destino le jugó a Soames.

Hasta aquí sucintamente lo que relata Max Beerbohm. No obstante, no quiero dejarme engañar y obviar lo que realmente esta sucediendo. A pesar de todos los prejuicios me pregunto por qué T.K. Nupton no advierte que M.B. no está inventando nada; es claro que Soames no trae del futuro nada más que lo que está escrito. Se podrá oponer que Nupton ha omitido las últimas paginas del informe de M.B. y que este desliz, fatal para Soames, deberá ser subsanado. Estoy absolutamente de acuerdo con la última parte, lo cual no me hace olvidar que, quizá el señor Max Beerbohm, ha engañado a Enoch Soames de una forma descarada y ahora intenta reconciliarse a cualquier precio. Debo pensar, en buena lógica, que Nupton, en su estudio sobre la Literatura Británica de 1890 a 1900, no puede encontrar nada más que lo que existía en ese momento. Y en ese preciso y relevante momento lo único que había era la nula publicidad de la obra de Soames, por los motivos que a todos nos resultan conocidos, y, esto si que es más grave y probablemente definitivo, la posibilidad, cada vez más probable, de que alguien llamado Max Beerbohm-recordemos la pagina transcrita por Soames de T.K. Nupton- estuviera escribiendo un cuento sobre un tipo ficticio llamado Enoch Soames... En este punto no puedo dejar de acordarme siempre de la regla áurea que rige cada una de las investigaciones de esa portentosa criatura llamada Sherlock Holmes y que el escritor F.S. declara abiertamente: cuando todas las restantes posibilidades han sido descartadas, la última posibilidad restante, por improbable y asombrosa que sea, debe ser cierta.

Quizás esta sea la hipótesis adecuada: Nupton no ha podido leer la última parte del informe porque éste no existía aún; es decir, Soames no transcribe sino lo que M.B. había hecho hasta ese momento (recordemos la intuicíón de Soames al expresar su preocupación de que con sus aventuras se podía escribir un buen cuento); no quiero pensar, pues sería demasiado terrible, que M.B. ha enviado a Soames a un futuro ficticio, a una realidad meramente de cuento, sería demasiado cruel e injusto. Me atrevo a concluir que M.B. no sólo ha jugado con Soames sino que también lo ha intentado hacer con todos nosotros. Ya no me cabe ninguna duda de que, en junio de 1897, Max Beerbohm está escribiendo un cuento sobre un tipo singular, pero absolutamente real, llamado Enoch Soames, que tiene la doble desgracia de ser enviado al infierno en la realidad y en la ficción.

Esto es intolerable, creo que M.B. se da cuenta de ello y hace un supremo esfuerzo por remediar lo irremedible. Si no ¿por qué nos dice, al principio del relato, que se encuentra absolutamente obligado a escribir sobre Enoch Soames -ustedes entenderán-; ¿no es más cierto que se da cuenta de lo que en realidad ha sucedido al leer el exhaustivo libro del señor Holbrook Jackson sobre la literatura de la penúltima década del siglo XX? Evidentemente en el índice no figura ENOCH SOAMES, lo que le lleva a concluir, no podía ser de otro modo, el total fracaso de nuestro personaje. Entiendo su sentimiento de culpabilidad y por qué, esto es lo más fascinante y singular, decide reescribir de nuevo el cuento que ya había escrito en 1897, que, por otra parte, es el que nosotros estamos leyendo. Ahora entiendo perfectamente la invocación que hace al final del relato.

Recordemos que el libro de T.K. Nupton está publicado en 1992. Por tanto es necesario que alguien entre 1992 y 1997 imponga las conclusiones que son de justicia. Ahora sí, nosotros lectores posteriores, podemos conocer la entrevista de Soames con Max Beerbohm, después del viaje fatal que aquel realizó al futuro. Ahora también, y espero que no sea demasiado tarde, me atrevo a desvelar el entramado de toda esta broma macabra e impongo las conclusiones que son de recibo. (Continuará)