Sentada mientras desayuno. El único que tiene prisa es el reloj; soplo con delicadeza las migas de la mesa, no hay ningún motivo para moverse. Me abrazo la cintura. Hace mucho que no me veía y estoy contenta. Me escucho.

Hay una luz sobre los muebles que no recuerdo haber visto nunca. Un ruido de pájaros que no es costumbre.

¿Quiénes son todos los que me acompañan, siempre estuvieron aquí o han venido a celebrarlo; los conocía de tiempo atrás o han cambiado tanto que tenemos que volver a presentarnos?

Ésta otra vida estaba guardada bajo el impaciente vuelo de los días.

Qué mundo es el que de verdad nos representa, me pregunto mordiendo el final de una tostada en su punto y pensando el número de veces que voy a masticarla.

Las respuestas se quedan en el aire, esperando para posarse como mariposas inseguras sobre el acento de las preguntas. Dylan ha venido a desayunar conmigo y, aunque es antipático, sonríe mientras come, comprendiéndome.

No importa en realidad que nada se complete, que todo se quede abierto y se salga (el agua, el café, el sol). Ya recogeremos.

Por fin no hay de qué esconderse.

Ahora el tiempo es tan largo como el silencio.

Amparo López Pascual, hoy mismo.